Lo siento: las palabras que llegan cuando ya es tarde

Una reflexión desde los “ta”, donde los recuerdos no piden permiso

Si hubiera…

Creo que todas las que estamos en los famosos ta, treinta, cuarenta, cincuenta y más, nos hemos sentado alguna vez a reflexionar sobre lo que habríamos hecho diferente en ciertos momentos de nuestra vida. A repasar decisiones, silencios, caminos tomados y otros que nunca nos atrevimos a recorrer. Lo hacemos como madres, como mujeres, como sobrevivientes del amor, del trabajo y de la vida misma.
Y casi siempre, esa conversación empieza igual: “si hubiera…”.

Si pudiera volver atrás, con mis hijos haría muchas cosas distintas. Les hablaría más temprano y con más claridad sobre el dinero, sobre cómo administrarlo y respetarlo. Les enseñaría la importancia de elegir con cuidado a la persona que caminará a su lado. Me sentaría con ellos, sin tabúes ni miedos, a hablar de sexo, de emociones, de límites. Les daría herramientas que a muchos de nosotros nadie nos dio cuando éramos jóvenes, porque nadie nos enseñó a nombrarlas.

En el trabajo, uno de mis grandes “hubiera” es no haber comenzado antes un proyecto como este. No haber entendido a tiempo que levantarte cada mañana para hacer lo que amas no es un lujo, es una necesidad del alma. Hoy lo sé, y aunque agradezco haber llegado hasta aquí, no puedo evitar pensar cuánto habría cambiado mi historia si lo hubiera sabido antes.

Y luego está el amor.
Aquí es donde el corazón se detiene un segundo más.

Tenía quince años cuando me fui a vivir con mi papá a Miami. Estudiaba en el American Christian School, y fue allí donde conocí a alguien que marcaría mi vida para siempre. Primero fue amistad, de esas sinceras, donde te cuentas todo. Yo lo escuchaba, lo aconsejaba, incluso sobre otras niñas. Hasta que un día, sin darnos cuenta, descubrimos que lo que sentíamos era otra cosa. Así comenzó una historia bonita, inocente, de esas que se quedan contigo para siempre.

Pero la vida, como suele hacerlo, interrumpió sin avisar.

De un día para otro, mi papá decidió regresar a Puerto Rico. No hubo explicaciones, no hubo despedidas. Me fui sin poder decir adiós, sin darle una razón, sin cerrar ese capítulo. Ese vacío me acompañó por años.

Ya en Puerto Rico, conocí al padre de mis hijos. La vida avanzó rápido: convivencia, embarazo, responsabilidades. Hasta que un día, mirando por la ventana de mi cuarto, ocurrió algo que jamás olvidaré. Un taxi amarillo se detuvo frente a la casa. De él se bajó un chico rubio, de ojos claros… él.

Ahí estaba. En Cidra.
Después de viajar desde Miami y pagar un taxi desde San Juan solo para verme.

Yo estaba embarazada. Paralizada. Sin saber si salir o esconderme del momento. Mi esposo ya conocía esa historia y fue él quien me animó a bajar. Pero no pude. El miedo, el tiempo, la vida… todo me inmovilizó.

Mi mamá salió a atenderlo y le dijo que yo no estaba. Él dejó unas flores y la dirección del lugar donde se hospedaba. No había celulares, no había redes sociales, no había segundas oportunidades fáciles. Cuando ese taxi amarillo se perdió por la calle, supe, con una certeza dolorosa, que era la última vez que lo vería.

Y así fue.

Nunca más supe de él.

Hoy, después de tantos años, solo puedo decirte: lo siento.
Lo siento por no haber salido aquel día.
Lo siento por no haberte explicado cuando lo merecías.
Lo siento porque nuestra historia quedó incompleta, como una carta que nunca se terminó de escribir.

Pero quizás así es la vida.
Una colección de momentos inconclusos, de palabras que se quedan a mitad, de silencios que pesan… y de “lo siento” que, aunque lleguen tarde, siempre nacen desde el corazón.


 Si esta historia resonó contigo…

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